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7.07.2006


EL RASTRO DE UN PEREGRINO – DESTINO: EL MONTE KAILASH


Tras días de trayecto polvoriento y mata huesos en camioneta por la carretera nacional china 219, el agua del lago Manasarovar pareció de un azul fuera de este mundo. El viaje fue duro, incómodo y agotador – llegar a la montaña más sagrada de Asia no ha de ser fácil.

El Monte Kailash en el lejano oeste de Tíbet, es sagrado para cuatro religiones. Los budistas y más de un billón de hinduistas lo consideran el centro del universo. Es el lugar más sagrado para los budistas tibetanos, para quienes la peregrinación es algo esencial.

Al pie de la montaña yace el Manasarovar, venerado por hindúes como el lago de los dioses. Cercano a él está Rakshas Tal, conocido como el lago de los demonios. Nuestro conductor tibetano rodea lentamente el relicario que marca la salida hacia el Monte Kailash – antes de detenernos, encontramos muchas banderas de oración coloridas y cientos de pilas de piedras formadas por generaciones de peregrinos.

Me asomé hacia fuera. El Monte Kailash no se veía por ninguna parte: su cima de 6.700 metros estaba cubierta por las nubes. Habiendo viajado alrededor de 1.000 Km desde Lhasa, la capital de Tíbet, yo difícilmente podía emitir algún gemido.

Naturalmente, la enigmática naturaleza de la montaña es parte de su magnetismo. Tiene 55 millones de años de edad, y se menciona en registros que datan desde la Era de Bronce de Mesopotania. Por siglos no ha perdido su fascinación para los eruditos, exploradores y buscadores espirituales. El explorador sueco Sven Hedin escribió a comienzos del siglo 20, “el extranjero se acerca al Monte Kailash con un sentimiento de admiración. El Everest y Mount Blanc no se pueden comparar con él”.

Por ahora, el Monte Kailash se mantiene misterioso y remoto. Pero el próximo mes el mayor ferrocarril del mundo, que conecta Tíbet con China, entra en operaciones para pasajeros comerciales. Una agencia de viajes británica, G.W. Travel, está haciendo reservas para giras lujosas en el ferrocarril por un valor entre $6.000 y $10.500. Los tibetanos temen que el ferrocarril traerá más olas de emigrantes chinos y que los recursos naturales disminuirán mucho más.

El desarrollo también amenaza al Monte Kailash. En el lejano oeste, un paisaje espectacular en que desiertos colinden con las montañas más grandes del mundo y donde tradiciones antiguas permanecen, el gobierno chino tiene planes controversiales para mejorar la infraestructura, incluyendo un aeropuerto y una carretera alrededor de la montaña, y espera alentar así aun más el turismo.

Por ahora, la forma más simple de llegar al Monte Kailash es unirse a un grupo con una empresa turística. Mi viaje de tres semanas fue organizado mediante una agencia de viajes en Lhasa. Me reuní con Katrina, 31, una visitante frecuente quien habla tibetano fluidamente, y Jurgen, un alemán que iba por primera vez y que había soñado con pasar su cumpleaños nr. 60 en Kailash, esperando por algún tipo de renacimiento espiritual. Algunos van a Kailash buscando epifanías, otros aventura.

Volamos a Lhasa desde la ciudad china de Chengdu y, tras unos días acostumbrándonos a la altitud (casi 3.700 metros) y juntando provisiones, partimos en un jeep con un guía, un cocinero y una camioneta con equipamiento.

Lo que usualmente toma medio día en automóvil desde Lhasa a la segunda ciudad más grande de Tíbet, Shigatse, se volvió una maratón de 12 horas, pues los autos eran desviados del camino principal por trabajos en la vía. Tras un día explorando Shigatse, a los costados del vasto Monasterio Tashilhunpo, y disfrutar nuestra última noche en un hotel confortable, estábamos listos para el viaje.

Dejamos la ciudad con la primera luz y pasamos por otras aldeas de casas de ladrillos color crema, típicas de la región central tibetana, Utsang. Era época de cosecha, y usando pañuelos de cabeza idénticos color bermellón, las mujeres cantaban mientras cubrían los campos de cebada. Excepto por los tractores, éstas eran escenas de la era preindustrial. Más al oeste, el paisaje se volvió más árido y el camino lleno de surcos, evidencia del paso de los monzones. La travesía se convirtió en montaña rusa al atravesar los pasos, ascendiendo cada vez más unos cientos de metros.

Al tercer día nos dimos cuenta de que Jurgen estaba luchando con el mal de altura. A pesar de su buen estado físico, él tenía dolores de cabeza, insomnio y problemas de respiración – y el cuento del conductor sobre cómo un alemán fuerte había muerto del mal de altura en Kailash hacía pocas semanas, definitivamente no le ayudó. Tras gran agonía, Jurgen decidió regresar con el jeep a Lhasa. Katrina y yo continuaríamos en la camioneta por la ruta 219, la ruta sur a Kailash.

En los próximos tres días pasamos por ríos que llevaban nieve, vimos grupos de asnos salvajes y venados cruzando el paisaje sin árboles, y pasamos por campamentos de nómadas en los que niños cuidaban de los yaks. Ocasionalmente, nos encontramos con un águila barbuda, un ave gigante que actúa también como agente funerario – los cadáveres son dados como alimento para los buitres en la antigua práctica budista de “entierro celestial”.

Por el camino tuvimos frecuentes picnics, con té de mantequilla de yak (té negro, sal y mantequilla), que sabía a sopa y se dice que es un gran remedio para el mal de altitud. Los tibetanos lo mezclan con tsampa, hecho de harina de cebada. Yo me repleté de Earl Grey y sándwiches de mantequilla de maní.

Algunas noches nos quedamos en hospederías rudimentarias con baños abiertos que olían terriblemente. Yo prefería acampar. El sol era feroz durante el día pero por la noche necesitábamos sacos de dormir muy gruesos. Con esto no era difícil sentirse molesto para cuando llegamos a Darchen, al pie de la montaña.

Darchen era un pozo de basura con, al menos, tres hosterías en construcción, una torre de telefonía móvil y un puñado de burdeles para la milicia china. Parece ser el Oeste salvaje de Asia.

Pero Darchen resulta empequeñecido por el majestuoso Kailash. Conocido como Kang Rinpoche – Joya Preciosa de las Nieves -, por los tibetanos, la montaña es demasiado sagrada para ser escalada. A cambio, el objetivo de un tibetano es circunvalarla –o hacer una ‘kora’-, alrededor de la montaña. Una kora purifica los pecados de esta vida, 108 koras aseguran un pasaje al Nirvana. Algunos tibetanos hacen la kora de 51.5 km alrededor de la montaña en un día. La mayoría de los occidentales lo hacen en tres. Es un camino muy duro que cruza un pasaje de 5.600 metros antes de descender al plano de un río.

Al partir, la montaña todavía estaba tapada por las nubes. El punto de partida fue el mástil gigante, Tarboche, que se levanta durante el festival de Saga Dawa cada Mayo/Junio, cuando comienza la estación de peregrinaje. Desde ahí, el camino asciende suavemente a lo largo de Lha Chu –“la corriente del arco iris de cinco colores”-, antes de llegar a Dronglung (o Valle del Yak Salvaje), el que con un poco de nieve, podría ser parte de los libros de Narnia de C.S. Lewis.

Nos detuvimos en un monasterio y entramos a la oscura y humosa cocina, rozando hombros con peregrinos bebiendo té de mantequilla. Me chocó el olor de la quema de bosta de yak, utilizada como combustible para el fuego, mezclado con incienso y cuerpos sin lavar. Los peregrinos vestidos con túnicas gruesas y multicoloridas, muchos con cuchillos en vainas con piedras preciosas incrustadas, podrían haber sido figuras de un desfile medieval.

En la primera noche, dormimos bajo el lado norte de la montaña, muy poca nieve a la vista. Antes del amanecer oí el familiar canto budista Om Mani Padme Hung, emitido por los peregrinos tibetanos al pasar por la carpa. Con ganas de completar la kora en un día, muchos habían partido a mitad de la noche. Desde aquí era un ascenso severo de 6.5 km hasta el pasaje Dolma La, y con cada paso el aire se volvía más escaso.
Vimos a un solo peregrino chino –un soldado vestido de combate-, y otro grupo de occidentales, seis budistas de Alemania. Ocasionalmente, pasaba un peregrino Bonpo en dirección contraria-, el Monte Kailash también es el más santo par los tibetanos bonpos, quienes practican la religión animista Bon anterior al budismo. Era fácil sentirse conmovido por la devoción. Muros con Mani, cada roca trabajada intrincadamente con oraciones, llenaban el paisaje.

Bajo un gran canto rodado hay un pasaje angosto, de unos 4,5 mts. de largo, por el que los peregrinos se apegan a sus abdómenes. Los tibetanos creen que sólo los virtuosos pueden pasar, así es que hasta los pecadores más sutiles se quedan atascados. Nosotros pasamos con éxito. También hay ruinas de stupas, derribadas por los chinos durante la Revolución Cultural, cuando el peregrinaje fue prohibido en Tíbet (las restricciones a la práctica religiosa disminuyeron a principios de los 80).

En el último día de nuestra kora, el sol iluminaba el costado sur nevado, marcado por una estriación de corte irregular conocido como Escalera al Cielo. De allí continuamos a las aguas termales de Tirthapuri, donde los peregrinos tibetanos finalizan su viaje. Uno se puede meter en las posas sulfurosas, pero pueden ofrecer un agradable baño de pies.

El paisaje lunar continua hacia el oeste al reino pre-budista de Guge. Algunos grupos continúan, pero nosotros regresamos para pasar más tiempo a orillas del Lago Manasarovar. Tales son los caprichos del clima que cuando llegamos a la hostería al costado del lago hubo una tormenta de nieve. Las aguas cristalina se volvieron olas de frío gris, y Kailash desapareció una vez más. Fue una buena excusa para beber té dulce y quedarse a la orilla de un fuego.

Al regreso paramos en una hostería donde escuché a un holandés quejarse. “Fuimos a Kailash y no pudimos circundar la montaña. Estaba cerrada por la nieve”. Lo lamenté por él; realmente era una pena que hubiese viajado tan lejos sin poder poner sus ojos en la montaña sagrada. Sin embargo, cuando le dije a nuestro guía tibetano, él simplemente se encogió de hombros y sonrió. “Es karma”, dijo él.

Claire Scobie en Sydney Morning Herald